Populismo, fascismo y comunismo: gritar y acusar, es solo empezar

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Por Ana Tereza Duarte y Jorge Oliveira Gomes

En las Ciencias Sociales los conceptos suelen tener más de un significado. Lo primero que se escucha cuando un investigador menciona una categoría como democracia es: «¿Cuál es tu definición de democracia? ¿A qué perspectiva te suscribes?».

En general, las teorías más aceptadas son fáciles de operacionalizar, generalizables, falsables y basadas en observaciones empíricas. Las nomenclaturas deben, a su vez, ser precisas y objetivas.

Algunos términos son tan elásticos que acaban por perder su precisión analítica como es el caso de «golpe», «democracia», «burguesía» y «pueblo». La lista es larga. Son términos salvajes y suenan bien en discusiones.

En el ruidoso debate político brasileño, quizás los insultos más escuchados sean «fascista», «comunista» y «populista». Sin embargo, ¿sabrá la mayoría de la gente cómo definir cada uno de estos conceptos complejos con cierto grado de precisión?

Tomemos, por ejemplo, el término «comunista». En teoría, comunista sería una persona que aglutina los ideales del comunismo, doctrina que tiene como nombre central a Marx, que veía a la sociedad como resultado del conflicto entre el capital y la fuerza de trabajo.

El comunismo sería la etapa final de la lucha de clases, resultante de la «dictadura del proletariado», un horizonte utópico, donde no existen clases. Insta recordar que este ideal nunca se logró en las experiencias reales y fallidas del socialismo —que fue pensado por Marx para las sociedades avanzadas e industrializadas—.

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El socialismo sería el camino —o la antesala— al comunismo. En la práctica, muchas de esas ideas revolucionarias fueron abandonadas con la difusión de las ideas de la socialdemocracia. El modelo socialdemócrata acepta reducir las desigualdades sociales sin destruir el sistema capitalista. Esta salida genera un aumento significativo del tamaño del Estado, que entra en escena para fiscalizar, garantizar el bienestar y redistribuir.

El comunismo, contrariamente a lo que se imagina en el sentido común, desprecia la tradición contractualista de sobrevaloración del Estado. Era visto por Marx como el comité de asuntos privados de la burguesía. Así, «ser de izquierda» (una persona que valora la igualdad, incluso a expensas de la eficiencia) es diferente a ser «comunista».

Fue durante la Revolución Francesa que las personas comenzaron a identificarse como «de izquierda» o «de derecha». Los girondinos, considerados más moderados y desfavorables a la decapitación del rey, se sentaban a la derecha, en la Asamblea Nacional. Los jacobinos, más extremistas y radicales, defensores de la decapitación de Luis XVI, se sentaban a la izquierda.

Un comunista sería alguien que comparte la idea de mundo donde, a través del socialismo, no habrá clases, desigualdad, ni opresión sistémica. Además, el marxismo analítico no es comunismo. Una lectura de la sociedad que utiliza una óptica basada en el conflicto estructural entre el capital y el trabajo es marxista, pero no es comunista. El comunismo es ideología. Es posible separar al Marx ideólogo del Marx científico social.

Esta rápida explicación elimina la etiqueta peyorativa de «comunistas» de una parte no trivial de la izquierda democrática. Además, hace un preciso corte analítico que saca de este grupo a personas que suelen predicar agendas «posmateriales» como de género, de raza y de medio ambiente (temas que nunca interesaron a Marx ni a los marxistas clásicos).

¿Y el fascismo? El fascismo es una forma de hacer política. Al igual que el populismo, no debe definirse por sus fines (que pueden ser diversos y variar de un líder a otro), sino por sus medios. Fascismo viene de «paquete». El fascismo es un fenómeno de masas tan multifacético que abraza desde líderes como Getúlio Vargas y Juan Perón hasta Benito Mussolini.

Es precisamente en su laxitud ideológica donde reside el peligro del fascismo, como ya ha advertido Umberto Ecco. Sin embargo, el fascista puede identificarse a través de algunas características como unidad de grupo, lógica militar, homogeneidad de pensamiento, retórica bélica, creación de enemigos externos y banalización de la violencia.

Jason Stanley (2020), en su libro Cómo funciona el fascismo. La política de «nosotros» y «ellos», enumera algunas características presentes en todo régimen fascista:

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Primero, hay una glorificación del pasado, que se retrata místicamente. Desde Adolf Hitler y su odio a los valores universales, hasta Donald Trump y su Make America Great Again (y Jair Bolsonaro y su nostalgia de la dictadura militar), este elemento nunca ha dejado de estar presente.

El segundo factor sería la propaganda. Hitler la dominó como nadie y su Mein Kampf podría considerarse el «manual» del líder autoritario. La función de la propaganda sería permitir al líder enmascarar sus verdaderas intenciones mediante la difusión de ideas más consensualmente aceptadas. El mejor ejemplo contemporáneo sería la política estadounidense de invasión para «llevar democracia» al Medio Oriente.

Otros dos elementos serían el «antiintelectualismo» y la «irrealidad». Todo fascista ataca la educación, porque una sociedad educada no le interesa. El actual gobierno brasileño ha realizado recortes sin precedentes en la educación básica y ha cancelado sistemáticamente becas e incentivos para la educación superior.

La irrealidad, por su parte, atañe al poder que tiene el fascista para hacer dudar a los ciudadanos de la realidad en la que viven (Stanley, 2020). Aquí entran las teorías de la conspiración y las fake news, que se renovaron en tiempos de redes sociales y, si ya eran fundamentales para los fascistas del pasado, fueron aún más transcendentales para el ascenso al poder de líderes como Trump y Bolsonaro.

El populismo, a su vez, se caracteriza por la manipulación de las masas a través de herramientas como el plebiscitarismo, rechazo al pluralismo político y desprecio al liberalismo. Flavia Freidenberg (2007) y Simon Tormey (2019) coinciden en que la política de «nosotros» frente a «ellos» y el lugar central que ocupa la palabra «pueblo» en su discurso sería la principal característica que distingue a un líder populista de los demás.

El líder populista «juega para la multitud», apela a la sabiduría popular y dialoga con el ciudadano medio por encima de las prerrogativas del cargo. El populista desprecia las instituciones. Los líderes populistas entienden su mandato representativo como un «cheque en blanco» dado por el «pueblo» en el mejor sentido de «democracia delegativa», de Guillermo O’Donnell (1994). Rechazan la representación republicana: se colocan como la voz del pueblo. Por eso, a menudo confunden deliberadamente mayoritarismo y democracia.

La democracia es el cruce entre las prerrogativas constitucionales y las elecciones libres y competitivas cuando desprovistas de restricciones legales sobre el gobierno de la mayoría, colapsan en democracias liberales.

De esta forma, podemos concluir que los eslóganes suelen servir como atajos cognitivos, lo cual no es para nada inútil. Sin embargo, también acaban desinformando y generando prejuicios y falsas impresiones. Por lo tanto, cuando utilice conceptos históricos y complejos, considere siempre la aplicabilidad y adecuación de los términos.

REFERENCIAS

FREIDENBERG, Flavia (2007). La tentación populista. Una vía al poder en América Latina. Madrid: Editorial Síntesis, 2007.

O’DONNELL, Guillermo (1994). Democracia delegativa. Journal of Democracy,vol. 5, no. 1: 7-23.

STANLEY, Jason (2020). Como funciona o fascismo. A política do “nós” e “eles”. Porto Alegre: L&PM.

TORMEY, Simon (2019). Populismo. Uma breve introdução. São Paulo: Cultrix.

Ana Tereza Duarte Lima de Barros

@anaterezaduarte

Brasil. Candidata a Doctora y Máster en Ciencia Política por la Universidade Federal de Pernambuco (UFPE-Brasil). Miembro de Es de Politólogos y de la Red de Politólogas.

Jorge Henrique Oliveira de Souza Gomes

@jorge_osg

Brasil. Candidato a Doctor, Máster y Graduado en Ciencia Política por la Universidade Federal de Pernambuco (UFPE-Brasil). Profesor universitario.

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