Putin y la política del resentimiento

Por: Rebeca Rosario Altamirano

«Es demasiado pronto para descartar a Rusia como una gran potencia»

Vladimir Putin

La política del resentimiento es una forma de legitimar el ejercicio del poder político cuya base es la percepción de que la dignidad de un país ha sido ofendida, menospreciada o ignorada por otros. El resentimiento busca incendiar esa parte del alma —llamada thymos por Sócrates— que anhela el reconocimiento del valor y respeto ante los demás; en casos extremos, se aspira a ser reconocido como superior.

Con la caída de la Unión Soviética y el término de la administración de Gorbachov, una buena parte de la población rusa estaba decepcionada. Ese sentimiento se profundizó cuando las repúblicas se alejaron del centro y dejaron de pagar cuotas a este provocando inestabilidad económica, agravada por la escasez de alimentos y artículos básicos. La esperanza de un cambio y de recuperar un lugar frente a otros países se fue diluyendo tras la renuncia de Boris Yetlsin como el presidente de la Federación Rusa, quien promovió sin éxito modernización y libre mercado. Esta coyuntura facilitó el ascenso de un agente de inteligencia de la KGB: Vladimir Putin.

Con el propósito de explicar tres elementos de la Comunicación Política en torno al único hombre al frente del gobierno en Rusia durante casi veinte años, se presentan las siguientes características:

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1. La supremacía de un solo hombre, no de ideología comunista. A diferencia de la mayoría de políticos y burócratas rusos, Putin no surgió de las filas del partido comunista y no expresó públicamente un cambio de lealtades cuando la Unión Soviética se hundió. Nunca fue un idealista ni un representante político del colapso del pasado, lo que le permitió construir nuevos símbolos y rituales nacionales sobre su proyecto para Rusia.   

Desde el inicio de su mandato impulsó un cambio en la retórica del régimen soviético sin enterrarlo por completo; por ejemplo, en lugar de utilizar el Palacio del Estado, en donde el Partido Comunista y su sucesor Yeltsin habían celebrado sus actividades, Putin se trasladó al Gran Palacio del Kremlin, lugar en donde vivieron los zares como monarquía absolutista, rescatando algunas de las tradiciones de un imperio de casi 200 años. 

Sin embargo, a pesar de este cambio en el ritual, y aunque el Partido Rusia Unida desplazó definitivamente al Partido Comunista como partido dominante, durante el gobierno de Putin se mantuvieron algunas de las características del Estado soviético: el control de los medios de comunicación, la centralización de las decisiones en las administraciones regionales, así como la persecución de disidentes y opositores.

Reportajes y anécdotas de viajeros coinciden en lo común que resulta encontrar propaganda centrada en el «culto a la personalidad» stalinista en torno a Putin y su carácter: imágenes de su rostro en matrioskas, pósteres, cuadros o incluso fundas de teléfono móvil.

«Cualquiera que no se arrepienta del fallecimiento de la Unión Soviética no tiene corazón. Cualquiera que quiera restaurarlo no tiene cerebro»

Putin

2. Nacionalismo y la promesa de Rusia como una potencia en el mundo. La identidad colectiva impactada por la caída de la Unión Soviética encontró un nuevo redentor en Putin. El «nuevo zar» ofreció devolver ese orgullo nacional perdido a través de un nuevo orden político, crecimiento económico y «mano dura», lo que se traduciría en un nuevo liderazgo, competencia y emocionantes victorias de Rusia sobre las demás naciones.

Por eso, la relación de Putin con los países y organismos internacionales de Occidente se convirtió en clave para demostrar su valor nacional menospreciado o simplemente ignorado por el concierto de naciones tras la caída de la Unión Soviética.

De un lado, la nueva política exterior rusa muestra el liderazgo de Putin hacia los problemas en las naciones de Occidente, como el rápido ofrecimiento de ayuda a Estados Unidos tras el atentado en las torres gemelas el 11 de septiembre y su interés por ingresar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), alianza militar que se dedicó durante un periodo a frenar la posibilidad de un ataque soviético.

Desde el otro, Putin ha logrado cambiar su papel como protector de los países que formaban la Unión Soviética para convertirse en mediador de sus conflictos, sin dejar de proveer armas o capital militar, como los que ocurrieron entre Armenia y Azerbaiyán.

También son parte de esa narrativa rusa frente al mundo la realización de los Juegos Olímpicos de Sochi en 2014, la Copa Mundial de Futbol en 2018 y la creación de la vacuna anti-COVID-19 en 2020 (llamada Sputnik V) que representa en los hechos «ganar» la competencia mundial por encontrar una cura para esta pandemia.

Si bien la ideología del pasado régimen agotó su capacidad de provocar esperanza en la población, Putin logró revivir el orgullo nacional ruso y el deseo de recuperar el estatus de superpotencia.

«Veo que no todo el mundo en Occidente ha entendido que la Unión Soviética ha desaparecido del mapa político del mundo y que ha surgido un nuevo país con nuevos principios humanistas e ideológicos en la base de su existencia»

Putin
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3. El miedo hacia la guerra y los enemigos internos. En la amenaza del terrorismo a nivel mundial y de la debilidad de la oposición, el gobierno de Putin ha encontrado una salida para afianzar una defensa popular del orden y de la seguridad.  La imposición de límites a las libertades de los ciudadanos constituye uno de los mecanismos más evidentes para legitimar la defensa de un régimen funcional y, al mismo tiempo, como un instrumento para diferenciar las libertades rusas respecto de Occidente.

La carrera de Putin como Primer Ministro de Yeltsin y su primera campaña electoral estuvieron profundamente ligadas a la guerra con Chechenia y a los atentados terroristas en Moscú. Durante años, una buena parte de los rusos vivieron las consecuencias de explosiones, persecuciones policiacas y la trágica pérdida de familiares. A diferencia de su antecesor, Putin no prometía llevar a terroristas ni delincuentes ante la justicia sino erradicarlos, y tampoco mostraba solidaridad hacia las víctimas como consecuencia de una política criminal.

La detención de algunos empresarios vinculados con medios de comunicación formó parte de esta serie de mensajes que buscaron anunciar a las élites el surgimiento de una nueva manera de administrar al gobierno y la sociedad. Lo mismo ocurrió para la oposición política no institucionalizada, cuyos miembros han sido arrestados por manifestarse en las calles y viven múltiples trabas para incorporarse a la competencia electoral de manera formal. Así pues, lo anterior y la popularidad de Putin en la sociedad rusa ha evitado que otros liderazgos surjan como competencia política.

De la mano de estas acciones, las libertades políticas sufrieron algunas transformaciones. Durante el tercer mandato de Putin, se llevaron a cabo diversas reformas legales que establecieron restricciones al derecho a manifestarse (tales como obtener un permiso oficial, la prohibición de cubrir rostros y sanciones económicas en caso de violarlos), prohibiciones en las referencias a la homosexualidad, respeto oficial a los principios de la iglesia ortodoxa, entre otras; cambios polémicos para las democracias occidentales y de tradición liberal.

  “Para Rusia, no hay ni puede haber otra opción política que no sea la democracia. Sin embargo, la democracia rusa … no es en absoluto la realización de las normas que se nos imponen desde fuera”

Vladimir Putin.

Por lo anterior, no es de extrañar que un régimen de este tipo facilite la creación de un mito de poder alrededor de Putin desde el Occidente. Un hombre que concentra en sí mismo la política exterior y que goza de una narrativa extravagante sobre su persona, en la que coinciden un pasado como agente de la KGB, un experto en judo y hasta un amante de los perros… un espectáculo para la audiencia acostumbrada a políticos profesionales que ve en un ex agente de inteligencia capacidad, fuerza e incluso perversidad (cual película hollywoodense) para levantar la voz por su país.

A todas luces esta no es una descripción exhaustiva de un mandato de casi dos décadas en un territorio tan extenso, las ausencias más notorias son el análisis sobre los valores rusos y la comunicación oficial del Kremlin; tan solo se busca analizar tres de sus ejes más importantes y enfatizar con ello el ocaso de la narrativa de las democracias liberales, así como las posibilidades que existen lejos del populismo en América.

Referencias:

  • Andrés Pérez, Sergio. (2016). Vladimir Putin, el seductor de la nueva Rusia. México: 360 Reportajes.
  • Fukuyama, Francis. (2018) Identity. The demand for dignity and the politics of resentment. New York: Farrar, Straus and Giroux.
  • Gessen, Masha. (2012) El hombre sin rostro. El sorprendente ascenso de Vladimir Putin. Editorial Debate.

Rebeca Rosario Altamirano

@etincelle726

México. Política hasta en mis sueños. Comunicóloga política con corazón de politóloga. Asesora parlamentaria en la Cámara de Diputados.

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