Artículos Opinión

Lenguaje, cultura y poder en México ante el Covid-19

Apartándonos de la visión idealista que concibe a los medios como herramientas al servicio de la ciudadanía, cuyo fin último consiste en informar y hacer crítica mordaz, objetiva y apolítica de los aparatos de poder, es preciso reconocer que todo medio de comunicación tiene dueños con nombre y apellido, y que responde — en mayor o menor medida — a intereses económicos y tendencias políticas particulares.

A razón de la epidemia de Covid-19 (la enfermedad causada por el nuevo coronavirus SARS-CoV-2) que se ha presentado en nuestro país durante las últimas semanas, hemos sido testigos de una intensificación en el uso de las vías de comunicación institucional de nuestro país, las cuales han permanecido en el centro del debate de modo permanente, asediadas de un lado y de otro por los medios de comunicación y la opinión pública.

Con miras a un análisis más concreto, me centraré en específico en las conferencias vespertinas con relación al Covid, las cuales he seguido de cerca ya que las interpreto diariamente al inglés como parte de un proyecto personal. Para una mayor sistematicidad, dividiré este breve ensayo en tres secciones, en función de los tres temas que nos competen.

Lenguaje: comunicación política vs. comunicación institucional

Todos los días a las siete en punto de la noche, el subsecretario de prevención y promoción de la salud, el Dr. Hugo López Gatell Ramírez, sube al podio de un cuarto de prensa dentro del Palacio Nacional y presenta ante los medios, y ante el pueblo mexicano, los últimos avances de la pandemia de Covid a nivel global, nacional y regional, así como las distintas medidas, programas y disposiciones gubernamentales encaminadas a su mitigación y control.

Su talante sobrio, profesional, incluso didáctico, contrasta fuertemente con aquel empleado en las llamadas mañaneras por el presidente de la república, quien tiene un estilo más bien campechano, por momentos cuasicómico, y tendente a la polémica. La diferencia es notoria, entre otras cosas, porque los objetivos son distintos. El presidente utiliza sus conferencias diurnas como una plataforma efectiva de comunicación política, la cual le permite reconectar con sus bases — aquellas que lo llevaron al poder — y mantener así su popularidad.

Las conferencias vespertinas, en cambio, se avocan a un objetivo técnico-institucional: por un lado, informan y rinden cuentas de manera clara y oportuna a la ciudadanía; por otro, son la vía primaria de instrucción que permite conducir el actuar de los distintos sectores sociales, a fin de implementar de forma eficaz una estrategia de contención integral. Vemos entonces, cómo la elección del lenguaje usado en diferentes momentos de la comunicación institucional, va en función de la persecución de objetivos diversos y permite la consecución de resultados distintos[1].

Cultura: dos caras de la población mexicana

Nos queda claro que tanto el subsecretario como el presidente son figuras carismáticas cada cual en su estilo propio, y como consecuencia, conectan con sectores diferentes. El subsecretario habla el lenguaje de la clase media educada, progresista, informada; su mensaje resuena más fuerte en la psique de aquellos sectores urbanos pertenecientes a estratos socioeconómicos privilegiados — en un país donde más de la mitad de la población vive en la pobreza (Damián, 2019), pertenecer a la clase media es a todas luces un privilegio — .

La fuerza del presidente siempre ha sido conectar con los sectores populares del país — motivo evidente de su peculiar estilo de comunicación, el cual con frecuencia es malentendido por los sectores más adinerados de nuestro país — . Esto no es sino el resultado de las muchas caras de un mismo México. La aspectos culturales se entretejen con las condiciones económicas, y forman representaciones del mundo que no siempre son accesibles a través de un mismo código. Vivimos en un solo territorio con muchas realidades que no siempre confluyen ni se intersecan: los mensajes son asimilados o ignorados por la gente, dependiendo de su origen.

Se ha dicho que durante las primeras semanas se enviaron mensajes contradictorios desde el gobierno federal — mientras el subsecretario llamaba a la sana distancia, el presidente hablaba de dar besos y abrazos — , pero esta visión no me parece del todo precisa. Mensajes contradictorios, sí, pero a sectores distintos: sana distancia para las clases medias; besos y abrazos para los sectores populares. Esta primera etapa de falta de claridad en la estrategia de comunicación, tuvo sin duda sus consecuencias.

Aunque a nivel general las medidas masivas de mitigación han sido efectivas — como lo demuestra, por ejemplo, la notoria reducción de la movilidad en el espacio público a nivel federal y estatal, la cual oscila entre un 40 y 70% (Cortés, 2020, 40m10s) — , lo cierto es que en algunas de las zonas más marginadas y pobladas del país, la gente ha optado por no creer en el virus ni en su fuerza de contagio (Chávez, 2020). Es imposible no preguntarse cómo serían las cosas si el presidente se hubiese mostrado enérgico desde un inicio en su mensaje con respecto a la gravedad de la epidemia.

Poder: el papel de los medios de comunicación

Sería ingenuo pensar que la función técnico-institucional de las conferencias vespertinas, a la que aludíamos en la primera sección, no tiene el potencial de redundar en un beneficio político. De ser ejecutada con destreza, la estrategia de comunicación puede anclar en el seno de la opinión pública la percepción de un gobierno preparado, responsable y eficaz en el manejo de crisis. Por otro lado, el fracaso de dicha estrategia también supondría un golpe fuerte a la popularidad de la administración actual: he aquí el papel de los medios de comunicación.

Apartándonos de la visión idealista que concibe a los medios como herramientas al servicio de la ciudadanía, cuyo fin último consiste en informar y hacer crítica mordaz, objetiva y apolítica de los aparatos de poder, es preciso reconocer que todo medio de comunicación tiene dueños con nombre y apellido, y que responde — en mayor o menor medida — a intereses económicos y tendencias políticas particulares.

Esto es especialmente visible en México, donde una buena parte de los medios tradicionales se ha dedicado, durante el último año y medio, a buscar formas de desprestigiar y atacar las acciones del nuevo gobierno, aun si ello implica recurrir a la manipulación, la distorsión o la mentira plena. Por otra parte, bajo la actual administración, se les han abierto las puertas del espacio público a toda una generación de nuevos medios, una porción de los cuales se dedican con gran afán a alabar, embellecer y legitimar todas y cada una de las decisiones, declaraciones, posturas y anuncios del nuevo gobierno. El periodismo apolítico es una ficción.

A la bancarrota moral de una buena parte de los medios de comunicación en México, se suma por supuesto la bancarrota económica. En la era digital, los antiguos métodos de recaudación de recursos no son efectivos ya, y la renta de espacios publicitarios en sus sitios web, ha venido a ocupar buena parte del modelo de negocios de la mayoría de los portales de noticias — pequeños y grandes — , con la consecuencia ineludible de generar una gran cantidad de contenidos basura de escaso rigor periodístico, cuya única función es la de incrementar el flujo de visitas virtuales por medio de la redacción de encabezados sensacionalistas y tramposos.

Todo lo anterior ayuda a explicar el vergonzoso papel de los medios de comunicación en el contexto de la crisis sanitaria actual, los cuales cotidianamente deciden reportar las partes más irrelevantes de las conferencias informativas sobre el Covid-19 (pleitos entre gobernadores, preguntas irrisorias de la prensa, frases chuscas dichas por algún funcionario…) a fin de obtener más clicks, y en directo detrimento de información más valiosa pero menos polémica, que sería de mayor ayuda para la ciudadanía.

Otros son los que han optado por redactar largas columnas de opinión, seleccionando y omitiendo la información a modo, a fin de hacerla encajar en una narrativa de golpeteo político contra el adversario de su elección[2]. Vemos así cómo el poder y los medios van siempre de la mano, inmersos en una danza inacabable de seducción y sobrevivencia, que perpetua el adormecimiento de las capacidades de pensamiento crítico de millones de mexicanos.

Referencias

  1. Chávez, V. (13 de abril del 2020). En Neza, Chalco, Tlalne, Ecatepec… ignoran virus y son ‘bomba de tiempo’. El Financiero. Recuperado de https://elfinanciero.com.mx/nacional/en-neza-chalco-tlane-ecatepec-ignoran-virus-y-son-bomba-de-tiempo?fbclid=IwAR2YXzyZat9WrIAJ5TnHOx6OvnDIO_viTMH84wW2Umiiu_uMxVqr16xVPsA
  2. Cortés Alcalá, R. [Gobierno de México](16 de abril de 2020). #ConferenciaDePrensa: #Coronavirus #COVID19 #QuédateEnCasa | 16 de abril de 2020 [Archivo de video]. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=So48LCI6tSY
  3. Damián, A. (12 de agosto de 2019). Datos de Coneval ocultan dura realidad: en México hay 90 millones de personas en pobreza y no 52.4 millones (Artículo). Aristegui Noticias. Recuperado de https://aristeguinoticias.com/1208/mexico/datos-de-coneval-ocultan-dura-realidad-en-mexico-hay-90-millones-de-personas-en-pobreza-y-no-52-4-millones-articulo/

ANEXO

  • [1] Con esto no pretendo expresar que las mañaneras operen bajo una lógica exclusivamente política, ya que es evidente que también cumplen con una función informativo- institucional. Sin embargo, ésta última es ejecutada regularmente por distintos funcionarios y miembros del gabinete que son invitados a hablar de temas específicos, más que por el presidente en sí mismo.
  • [2] Me encantaría entrar en detalle sobre este tema, por medio del análisis puntual de un número selecto de publicaciones que permitan ilustrar mi postura, pero temo que el ensayo se alargaría demasiado.

James Lu

México.  Estudiante de Ciencias Políticas en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y licenciado en Letras Chinas por la Universidad Normal de Beijing, intérprete y traductor.


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